El arte objeto de Érika Nakasone

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El arte objeto de Érika Nakasone
Resumen:
La artista expone en Lima su novena muestra individual. Puertas que se abren, retablos que guardan sus vivencias y una combinación de la iconografía precolombina con la técnica japonesa del ‘bingata’
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La artista expone en Lima su novena muestra individual. Puertas que se abren, retablos que guardan sus vivencias y una combinación de la iconografía precolombina con la técnica japonesa del ‘bingata’ están presentes en esta exposición.

Foto Erika Nakasone


Alguien toca a la puerta y pregunta paradójicamente: ¿quién está allí adentro? La respuesta es firme y decidida: ‘Soy yo, Érika… Érika Nakasone’, como quien intenta establecer una identidad que ha estado buscando y que por fin encontró.

La puerta que tocan es, simbólicamente, la de sus retablos y cajas que componen la muestra que presenta por estos días en el Centro Cultural del Ministerio de Relaciones Exteriores. En ellas guarda, dice Érika, su personalidad. Son como una maleta que está llena de recuerdos, vivencias y su particular imaginario.

Estos retablos, más allá de su carácter religioso impuesto en la época colonial para difundir la fe cristiana, son también casas rodantes en los que la artista impregna sus propias alegorías y mundos ficticios que quiere compartir con otros. Y lo hace con una explosión de color, descubriendo todo aquello que ha estado como enrollado en un obi (faja del kimono).

Así son sus cajas, que define como arte objeto, un estilo que combina la iconografía precolombina –que ha influido el trabajo de Érika desde su época en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de Lima– y la técnica okinawense del bingata, que es la forma en la que se pinta la tela de los kimonos utilizados por la nobleza del reino de Ryu Kyu.

Herencia Bicultural
Esta identidad de Érika Nakasone se ha construido por etapas. Desde aquella que se inició en el colegio, ganando concursos interescolares de pintura, pasando por los seis años en la Escuela de Belllas Artes de Lima, de donde se graduó en 1995 con la Medalla de Oro de su promoción, hasta la que la llevó a Japón tratando de entender sus raíces.

En el contexto de la investigación en los dos últimos años de la carrera, cuenta Érika, se inclinó por la corriente precolombina, sin embargo su búsqueda personal la llevó a tratar de investigar acerca de la cultura japonesa. Las costumbres en casa y las reminiscencias no bastaban. Una beca otorgada por la Prefectura de Okinawa en el 2001 le permitiría ir en busca de un lenguaje propio en el arte y contestarse esa pregunta personal que se había estado haciendo. ¿Qué quiero reflejar en mi obra? La mezcla de dos culturas.

“Fui a Okinawa con una intención, ya tenía una búsqueda marcada y el objetivo de la beca fue eso, investigar sobre la cultura japonesa, sobre todo la okinawense, que son mis raíces, y fusionarla con lo peruano. Ya tenía un estudio previo de lo que era el Perú, ya venía con un bagaje cultural del Perú y me faltaba complementarlo. No podía hacerlo aquí, por eso viajé, lo cual me dio muchas cosas, tanto en lo personal como en la carrera”.

En Okinawa, el color fuerte llamó mucho su atención. “El rojo del castillo Shuri, el agua que tiene corales, las algas marinas moradas, verdes, tienen colores que impresionan a cualquiera, para mí mucho más, que provenía de una ciudad gris. Eso es lo que se me quedó en el subconsciente, en un inicio no podía sacarlo, pero ya iba influenciándome el color azul, porque cuando estaba en el Perú todo para mí eran colores tierra, marrones”, nos comenta.

Pero otra beca en el 2002, esta vez ofrecida por la Agencia de Cultura de Japón, la llevó a Tokio como artista invitada. Allí, sus texturas fuertes fueron derivando hacia la pintura plana. Allí, también, cumplió su sueño de exponer. Aunque ya lo había hecho en Okinawa, ingresar a las galerías de Tokio fue un paso importante para abrirse camino en este difícil mercado. Inclusive, se dio el lujo de ganar un concurso de diseño de kimonos en el que compitió con diseñadores de varios países. El diseño fue confeccionado para un desfile en Roppongi en Tokio y ahora pertenece a la Embajada del Perú en Japón.

Una historia en dos maletas
Toda esta experiencia se refleja sin duda en la muestra que presenta Érika, quien ya cuenta con seis exposiciones individuales en Japón y dos más en el Perú.

De sus maletas ha desempacado cajas policromadas, retablos de formas inverosímiles del que cuelgan obis, una pieza compuesta de mil grullas de origami, entre otras obras recientes. En ellas, el rostro de Érika está repetido, representando su doble herencia cultural, como para que no quepa duda de su identidad. Así reafirma que es ella, Érika Nakasone.

Sobre la muestra
La muestra se presenta como parte de las actividades culturales del Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico (APEC). Visítela hasta el 2 de julio en el Centro Cultural Inca Garcilaso del Ministerio de Relaciones Exteriores, Jr. Ucayali 391, Lima. Va de martes a domingo.


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