Parece que fue ayer
Llegué a Japón en 1991 montado sobre la ola del Pacífico que empujaba a miles de peruanos en busca de una salida; de luz, porque estábamos a oscuras; de oxígeno, porque no podíamos respirar en una atmósfera intoxicada. En fin, de sueños, porque en medio de tantas frustraciones nos habíamos olvidado de soñar.
Pero no todo fue drama. Muchos jóvenes emigraron porque no querían estudiar, y otros para ahorrar durante uno o dos años de arduo esfuerzo en Japón, y volver al Perú con la billetera gorda para costear sus estudios, independizándose de sus padres. Asimismo, hubo quienes se fueron porque sus amigos lo hacían, casi por monería. O moda.
No sé si por cansancio debido al larguísimo viaje o por estar en ese otro mundo que es Japón, o quizá por ambas cosas, me sentía como un ente ingrávido, un alma que temporalmente ha abandonado su agotado cuerpo y flota sorprendida, como si aún no acabara de creer que está en Japón. Creo que uno recupera plenamente la conciencia y la posesión de su cuerpo y mente al día siguiente de su llegada. Ahí uno tiene la certeza, finalmente, de que está en Japón.
¿Es Japón como nos lo habíamos imaginado? ¿Cómo nos habían contado que era? Puede haber tantas respuestas como experiencias. Sin embargo, no había mucho tiempo para pensar en qué tanto coincidían el Japón real y el imaginario que habíamos armado con material suministrado por relatos de padres y abuelos, libros, películas, etc. Había simplemente que trabajar.
En 1991 el trabajo caía como hojas en otoño. Parecía una sobreoferta de taxis. Detienes uno, y si no te acomoda su tarifa, detrás hay otros. Una fila interminable de taxis ávidos de pasajeros. Si no te gustaba un trabajo o querías ganar más, simplemente lo dejabas y no tenías más que estirar el brazo para agarrar otro.
Las jornadas laborales eran extenuantes. 10, 12, 14 horas diarias, a veces doble turno seguido, lunes a sábado, domingos en ocasiones. El trabajo era fuerte pero pocos se quejaban porque la paga recompensaba con creces el sudor derramado. Valía la pena partirse el lomo.
Cuando ahorras lo que tenías planeado e incluso más, a pesar de la dureza del trabajo, la nostalgia, la incomunicación, la soledad, etc., la vida se hace menos difícil. Se sufre, sí, nadie dice que no, pero la convicción de que la lucha tiene sentido, de que al final hay una luz que perfora la oscuridad, te abastece continuamente de fuerzas.
En el Perú estudiabas una carrera, pero no sabías si tantas amanecidas y tanto dinero invertido fructificarían al cabo de cinco años en un trabajo bien remunerado (o un trabajo a secas, aunque fuera mal pagado). O trabajabas pero no ganabas lo suficiente y el futuro, plagado de incertidumbres y miedos, asustaba. Si es que tenías trabajo.
El boom japonés no solo atrajo a los nikkei. Pronto Japón se llenó de "truchos", peruanos que falsificando documentos o fraguando matrimonios o adopciones se convirtieron en dekasegi. Además, el control migratorio no era tan riguroso como ahora.
Lea también