Los años dorados
Los primeros peruanos en llegar a Japón fueron padres de familia, jóvenes y no tanto, que tenían en mente quedarse uno o dos años, ahorrar 10 ó 20 mil dólares y volver al Perú para abrir un negocio. En realidad, ¿qué peruano emigró a Japón con la intención de quedarse? Ninguno. Todo querían volver.
La primera Navidad en Japón para los peruanos solitarios, lejos de la esposa e hijos, de padres y hermanos, fue desoladora. ¿Quién no se quebró? ¿Quién no lloró de nostalgia y soledad en un país donde las fiestas navideñas no tienen ningún significado familiar?
En esa época el trabajo que realizaban los latinoamericanos encajaba dentro de lo que los japoneses denominaban 3K: Kitanai (sucio), Kitsui (duro) y Kiken (peligroso). No obstante, los primeros años de la década del noventa son probablemente los mejor recordados por los dekasegi por la abundancia de trabajo. Nadie ha podido ahorrar tanto como en aquellos años dorados.
Paradójicamente, eran tiempos de virtual aislamiento. Ser latinoamericano implicaba estar confinado en un gueto. No había Internet y era más fácil encontrar oro que publicaciones en español. Aún recuerdo la emoción que sentí cuando, después de unos meses en Japón, tuve en mis manos una edición de El Comercio. No lo leí, lo devoré. No dejé palabra sin registrar. Fue como descubrir petróleo.
Aún no se había puesto de moda el alquiler de videos, pero no faltaba quien hubiera llegado recién del Perú con cintas o dekasegi cuyos familiares les grababan programas peruanos. Tener un video del Perú era todo un acontecimiento. Te preparabas para verlo como si fuese la final del Mundial de fútbol.
Los domingos, los únicos días libres, estaban dedicados a hacer las compras de la semana y a pasear por los centros comerciales. Los restaurantes peruanos y las discos latinas eran casi inaudibles ecos de un lejano futuro. En casa no se podían organizar fiestas porque los apartamentos eran conejeras y no se podía hacer mucho ruido. Lo que felizmente hay en todas partes del mundo es cerveza.
El fútbol aún no era popular en Japón (la J-League se creó en 1993) y no había canchas donde jugar, así que se improvisaron parques y riberas de ríos para patear pelotas con entusiasmo infantil y pasión guerrera. Para un vasto sector de peruanos, el fulbito era el único espacio de recreación y relax.
El desconocimiento del idioma originó un sinfín de malentendidos y anécdotas de todo color. Pronto los peruanos aprendieron lo elemental de la lengua japonesa para defenderse en el trabajo. Tampoco había que saber mucho, pues las labores fabriles eran mecánicas: colocar piezas, apretar botones, sacarlas...
En esos aurorales tiempos, más importante que el lenguaje hablado era el de las señas. Si no nos podíamos entender como humanos, quizá sí lo haríamos como simios.
Hubo quienes se preocuparon por ampliar sus horizontes idiomáticos, pero la mayoría se conformó con lo básico para trabajar y desenvolverse en lugares públicos, lo que, dicho sea de paso, no revestía mayor dificultad.
En los supermercados, como en cualquiera de su tipo en el mundo, uno tomaba lo que quería y pagaba. No era necesario hablar. En los restaurantes, como las cartas estaban ilustradas, no había más que señalar con el dedo el plato que se nos antojaba y decir “kore” (esto o este). Para gestiones más complejas, como trámites en municipalidades o asistencia médica, acudíamos con los traductores de las compañías contratistas, que eran el nexo con las fábricas.