El nuevo hogar
Pero el tiempo corre y el plazo previsto de estadía en al archipiélago nipón quedó corto. Muchos peruanos volvieron a su país pero no para echar raíces, sino de vacaciones para ver a la familia. El papá, tío o hermano regresaba cargado de experiencias y regalos, sobre todo con artefactos de última generación que asombraban a todos. Luego, el dekasegi volvía a Japón, pero ya no solo, sino con su esposa. Se abría una nueva etapa en sus vidas.
Sin querer queriendo, los dekasegi fueron prorrogando su estadía en Japón. “A fin de año vuelvo”, decían muchos, año tras año. Trabajar en una fábrica no era el sueño de nadie, pero la tranquilidad que proporciona la holgura económica ataba a los inmigrantes a Japón.
Pero un nutrido grupo de peruanos emprendió el camino de retorno a su país con dinero e ilusiones para hacer negocios. Lamentablemente, a la mayoría le fue mal. Los infortunados comerciantes tuvieron que volver a Japón, a empezar de cero.
El propósito de volver al Perú se fue diluyendo paulatinamente. Las experiencias negativas – propias o ajenas – en los negocios, desalentó a muchos. El traspié comercial volvió conservadores y escépticos a los dekasegi con respecto a la posibilidad de instalarse nuevamente en su país.
Asimismo, la formación de familias trastocó la prioridad de jóvenes – sobre todo –que, casados y con hijos, se convencieron de que el mejor sitio para asentar su hogar era el piso seguro de Japón y no la arena movediza del Perú.
La costumbre también hizo lo suyo. Vivir en Japón dejó de ser una prueba de resistencia y valor para convertirse en un acto tan natural como respirar y alimentarse.
Ya no había tanta soledad como antes. Los pioneros llamaron a sus parientes. Otros hicieron familia en Japón. El Perú ya no resultaba tan distante como antes. Aún no había Internet pero sí vídeos que contenían novelas (“Malicia” y “Los de arriba y los de abajo” pegaron mucho), programas periodísticos (“Contrapunto”, “Panorama”, “La Revista Dominical”, etc.), deportivos (“Goles en acción”), cómicos (“Risas y Salsa”), los primeros talk shows (“Maritere”, aún no existía Laura Bozzo), partidos de fútbol, etc., publicaciones en español como el semanario International Press, y se multiplicaron los restaurantes de comida peruana, tiendas que expendían productos como Inca Kola, Cristal, culantro, ají, etc.
A regañadientes, quizás sin alegría pero sí con la estabilidad y el sosiego que en el Perú se extrañaban, Japón se convirtió en el hogar de los inmigrantes peruanos.