Venancio Shinki, trazos que marcan una vida

Venancio ShinkiDe valiosos pueden calificarse los distintos aportes que ha entregado la comunidad peruano japonesa al país durante su desarrollo. Y uno de los más importantes es, sin duda alguna, la aparición de personas quienes en base a su trabajo se constituyen en personajes importantes que prestigian a la colectividad de la que forman parte.

A este grupo pertenece Venancio Shinki, uno de los artistas peruanos más importantes en el campo de la pintura. Un personaje caracterizado porque su talento ha trascendido los límites del país.

Para alcanzar esta distinción Venancio Shinki ha transitado por un largo camino, muchas veces llenos de obstáculos que sirvieron para poner a prueba el temple de un nissei que con el correr de los años logró sus objetivos en base a su constancia y esfuerzo. Y como consecuencia de ello, el merecido reconocimiento no se hizo esperar.

Llamachupan y San Nicolás, los primeros escenarios

La vida de Venancio Shinki comienza a escribirse antes de su nacimiento. El primer capítulo de esta historia data en 1915 cuando su padre Kizuke arriba al Perú procedente de Hiroshima. Al igual que otros inmigrantes, se asentó en San Nicolás, famosa hacienda azucarera de la época, distinguida por ser uno de los lugares que acogió a la mayor cantidad de japoneses que llegaron al Perú en calidad de trabajadores contratados.

Años más tarde cuando se independizó, Kizuke conoce en la hacienda Las Vírgenes, en donde laboraba como cocinero, a Filomena Huamán con quien tuvo un hijo al que llamaron Venancio.

Los primeros años del menor se sitúan en la hacienda Llamachupan, lugar elegido por Kizuke para abrir un negocio en sociedad con otro japonés de apellido Nakamura. El propio Venancio recuerda que solía acompañar a su padre a la carpintería en donde se trabajaban los muebles que formarían parte del restaurant y la bodega de su progenitor.

Pero llegada la etapa escolar, se produce el primer alejamiento de sus padres. Venancio fue matriculado en el Colegio Japonés de la Hacienda San Nicolás, y para tal efecto se mudó la casa de la esposa del señor Nakamura, socio de su papá, en donde dispuso de todas las comodidades necesarias para estudiar. Además, al interior del mismo se respiraba un profundo aroma a todo lo que significaba Japón. La cultura y los modales orientales formaban parte de este nuevo universo que le tocaba vivir al menor Venancio.

La escuela japonesa contaba con una infraestructura adecuada. Salas de estudio, laboratorio, un campo deportivo y además, una arena de sumo en donde los alumnos mayores practicaban este tradicional deporte.

El día de escuela se iniciaba con el discurso del director quien informaba a todos noticias referentes a la guerra. Este tema, más el modo de vestir y la instrucción impartida, inquietaron años más tarde a Venancio, quien luego de un análisis sobre este tipo de experiencias, llegó a la conclusión que en su etapa escolar en el colegio japonés, los docentes buscaban adoctrinar a los alumnos en beneficio de los intereses de Japón.

Pero había algo más. El proceso de socialización con sus compañeros de clase. Desde un inicio, Shinki sintió el rechazo por parte de los demás. No compartía los juegos y sentado en un tronco solamente miraba como los demás se divertían. La razón de semejante rechazo era que a diferencia del resto, Venancio era hijo de un japonés y una peruana. En otras palabras, a temprana edad sintió en carne propia lo que significaba ser discriminado. Sin embargo, esta situación cambió paulatinamente y al poco tiempo fue invitado a participar con el resto adaptándose finalmente al grupo.

La guerra y la muerte de su padre

Una de las consecuencias directas que trajo la guerra fue el fantasma de la deportación y expropiación de negocios y propiedades. Dada la condición de comerciante, el padre de Venancio fue alertado por un amigo sobre la posibilidad de perderlo todo. Por ello es que decidió vender el negocio instalado y refugiarse en casa de sus clientes. Pero este tipo de vida deterioró irremediablemente su salud.

Venancio recuerda que un día se reencuentra con su padre quien se encontraba en mal estado de salud, y éste le pide a su hijo que escriba una carta al señor Tsukeo Iseyama, en aquel entonces líder de los inmigrantes de la Hacienda San Nicolás, pidiéndole ayuda para salir de aquel serio problema que atravesaba la familia.

La respuesta no se hizo esperar y a los pocos días la familia dejaba Llamachupán. El día de la despedida ha quedado como una postal en la vida de Venancio, porque vio cómo los pobladores de esta hacienda corrían detrás del camión que trasladaba a sus padres y a él y gritaban:"No te vayas Shinki".

Instalados nuevamente en San Nicolás, la salud de Kizuke Shinki no evidenció mejora alguna y en menos de un mes desde su traslado, dejó de existir. En una de las últimas conversaciones que sostuvo con su esposa le pidió que bajo ninguna circunstancia deje de lado la educación de su hijo. El tono elevado de voz utilizado por su esposa, señalando que "eso no pasaría jamás", llamó de sobremanera la atención del menor quien nunca antes había visto que su madre hablara de esa manera, porque a pesar de no ser de origen japonés, en la familia Shinki, la figura de la madre siempre estuvo bajo la sombra de su papá.

Venancio apenas contaba con nueve años cuando se produce la desaparición de su padre y al poco tiempo, a causa de la guerra, la escuela japonesa fue cerrada lo que obligó a Venancio a estudiar en un colegio primario en donde aprendió a leer y escribir en español. Posteriormente fue matriculado en el Colegio Fiscal de la Hacienda San Nicolás.

Sin embargo a los 14 años de edad un nuevo obstáculo le sale al frente. Su madre fallece. A partir de este momento se hace cargo del joven un pariente de su madre, Porfirio Tello, quien lo lleva a Huando en donde trabaja y vive por espacio de un año aproximadamente.

Llegada a Lima y descubrimiento por el arte

Ese año que permaneció al lado de su tío truncó el avance de sus estudios, pero no sus deseos ni voluntad. Por eso es que decide escribir una carta al señor Iseyama solicitándole ayuda para proseguir con ellos. La petición es aceptada y al poco tiempo Venancio viaja junto a Tsukeo Iseyama hacia Lima, y queda bajo el cuidado del señor Umesaki, dueño de una cadena de estudios fotográficos.

Instalado en la calle Estudios y sabiendo el oficio que desarrollaría, Venancio Shinki tomó como objetivos primordiales el estudio y el aprendizaje de la fotografía. En el primer caso, asistió a la nocturna del Colegio Nuestra Señora de Guadalupe y aprovechaba los viejos faroles que alumbraban la Plaza de Armas para estudiar en un ambiente distendido que esta le proporcionaba.

Tres años y medio después de iniciarse en el mundo de la fotografía, se convierte en un experto de la materia. Y es a través del retoque de fotografías que descubre poco a poco el gusto por la pintura. Decide entonces buscar la Escuela de Bellas Artes a la que consigue ingresar en 1954 luego que aprobara un examen de dibujo.

Pero los deseos de independencia se hacían cada vez mayores. Por eso es que poco a poco va dejando el trabajo con Umesaki y finalmente abre su propio estudio fotográfico en la avenida Manco Cápac, lugar al que asistían algunos amigos para que fotografíen sus trabajos.

Como todo joven estudiante no pudo resistir al tentación de sentirse influenciado por las nuevas tendencias artísticas. Así, se declara admirador de John Cunning, Robert Rauschenberg, Rufino Tamayo, entre otros. Pero si de los más grandes genios de la pintura se trata, Pablo Picasso ocupa un lugar preferencial.

Durante esos años en Bellas Artes, no tardó en demostrar el talento que poseía. El Premio "Sérvulo Gutiérrez", otorgado por la Escuela Superior de Bellas Artes en 1962 sería el inicio de un impresionante número de premios y menciones recibidas. Por ello, el crítico de arte Juan Acha escribió en el diario El Comercio hacia 1963: "El ingreso de Shinki al circuito de galerías fue inmediato, exitoso y estuvo acompañado por una sucesión de premios -más de nueve en menos de seis años- que implicaba un grado de reconocimiento raras veces concedido a un pintor de su edad".

Su arte traspasó las fronteras de nuestro país y ha sido mostrado en diferentes partes del mundo, lo cual le ha permitido conocer muchos lugares. Francia, Bélgica, Alemania, Suiza, Egipto, Argentina, Brasil, Estados Unidos, son algunos de los países que ha visitado a lo largo de su vasta carrera. Incluso trabajó más de cinco años para el mercado italiano.

¿Quién soy?

La única vez que viajó a Japón lo hizo en calidad de invitado para una exposición. Conocedores que un connotado descendiente de su localidad visitaba el país, la prefectura de Hiroshima lo llama a pasar una semana en el lugar que vio nacer a su padre. Allí, fue contactado con familiares a los que nunca había conocido. Durante su estadía admiró las cualidades del Japón y notó las marcadas diferencias existentes entres los japoneses y los nikkei. El trato recibido ha marcado una profunda huella en su interior, al punto que el propio artista declara: "Nunca he de olvidar la atención de la gente de la prefectura de Hiroshima", muestras más que elocuentes de un agradecimiento eterno.

Sin embargo, su regreso al Perú llegó acompañado de un viejo cuestionamiento hacia su persona sintetizado en una frase: ¿Quién soy?

El hecho de ser nikkei y vivir bajo la influencia de la cultura japonesa, especialmente cuando pasó sus días en la casa de la familia Nakamura, fue la primera vez que Venancio Shinki cuestionó su identidad. ¿Soy peruano o japonés? Debido a su corta edad, esto pasó prácticamente desapercibido.

Pero la nostalgia que sentía por Japón a su retorno hizo aflorar nuevamente la misma pregunta. Sumido en una profunda meditación, la respuesta llegó de una manera inesperada a través de la música peruana que golpeaba en su corazón diciéndole:" Tú eres peruano, Dios quiso que nazcas aquí, y el hecho que corra sangre japonesa es circunstancial, en el fondo eres peruano". Para Venancio Shinki, esta vivencia maravillosa fue el paso definitivo para zanjar diferencias sobre su identidad.

En lo que a trabajo se refiere, el pasado y el presente de Shinki no han cambiado. Un día en su vida significa estar largas horas frente al caballete o tablero de dibujo. Allí continúa expresando aquellos sentimientos nacidos en su interior. Como el mismo define, "En cada trabajo dejo huella de mi propia existencia".

Nada más cierto para un artista de una dilatada trayectoria, poseedor de un sinnúmero de vivencias que abarcan sus días de infancia en San Nicolás, Llamachupan y posteriormente, ya de joven y adulto, en Lima, lugares en donde la constancia y el esfuerzo fueron las virtudes que Venancio Shinki desarrolló y marcó los trazos de su propia vida.

Fuente: Prensa Nikkei (Entrevista de Augusto Kobashigawa)


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