Angélica Harada Vásquez: "Me siento muy orgullosa de cultivar el folclore peruano"
No hay camino, se hace camino al andar, dice el poema hecho canción, y es cierto. Cuando recuerdo mi infancia, los años de juventud, me resulta difícil creer que entonces hubiera podido vislumbrar llegar a ser algún día la artista popular que hoy todos conocen como "Princesita de Yungay".
Con estas líneas, la reconocida Angélica Harada Vásquez da inicio a su libro "Mi Vida, el mundo que conocí", publicado este año en coincidencia con la celebración de sus 45 años de vida artística.
Locuaz, con su risa contagiante y con un evidente orgullo por la música peruana, la afamada "Princesita de Yungay" nos recibió en su casa en días previos a la presentación de su libro en el Centro Cultural Peruano Japonés.
¿Qué la motivó a publicar un libro sobre su vida?
El motivo es que creo que ya es tiempo de que yo cuente mi vida: He visto por ejemplo cómo cuando falleció María Alvarado, "Pastorita Huaracina", todo el mundo escribió lo que quiso. Yo creo que es necesario hacer un libro de uno mismo en vida para que, cuando uno ya se va a una gira sin retorno, nadie manosee mi nombre.
¿Qué vivencias relata en su libro?
Yo sufrí mucho, sé de pobreza, sé de maltratos, creo que la vida es así y hay muchas personas que recién están pasando por esto y creo que el libro les puede servir como una ayuda también, para que vean la vida con optimismo.
Mi libro cuenta desde que se conocieron mis padres. Mi papá ha sido de Fukuoka, de un pueblo llamado Miyano, trabajaba en una hacienda en la carretera a Canta, en Macas. Mi mamá tenía su fonda en Trapiche. Allí se conocieron. Allí salió el romance y nací yo. Pero mi madre se fue a Yungay a dar a luz a su pueblo y mi padre se quedó. Lo conocí muchos años después.
Todo ello está en el libro. Sé que a muchas personas estoy motivando con él, he recibido hasta llantos de mujeres que han ido a verme a la radio Antarki donde trabajo en el cono norte, porque se identifican con mi sufrimiento, mis penas, mis alegrías, mis fracasos. Como uno pertenece al pueblo, hay que franquearse con él.
La música le ha abierto muchas puertas....
Gracias a la música he tenido oportunidad de conocer varios países. He estado dos veces en Japón, tres en Europa y ocho veces en Estados Unidos. Allá uno va a cantarle a la colonia peruana. Es maravilloso, ellos recuerdan las canciones, me siento muy orgullosa de cultivar el folclore peruano.
¿Cómo ve a las nuevas generaciones de folcloristas?
Lo que ahora hacen es un género que no tiene cimiento ni nacimiento; la música que llevamos nosotros sí tiene la esencia, tiene esa dulzura de un Perú profundo. Lo que hay ahora no es huayno. Mi misión es mantener el folclore, es una lucha.
Acabo de inaugurar un programa en radio en Huaraz, donde estamos retando a esa música que se ha metido mucho. Me gustarían que ahora canten verdaderas mulizas, pasacalles, auténticos huaynos.
Ahora nos dicen que nosotros ya fuimos. Pero yo les contesto: "ya fui y sigo siendo". Lo más lindo es que con mis 45 años cantando me mantengo todavía con mi público, con el que me volveré a encontrar el 16 de noviembre en un concierto que presentaré en el Teatro Segura.
¿Existe apoyo para el artista?
Si nosotros los artistas no fuéramos unidos, ahora el folclore estaría mal. Si Pastorita Huaracina no hubiera tenido el apoyo de don Carlos Hiraoka, cómo se hubieran quedado los familiares. Fue una persona muy buena. Nosotros hemos labrado la chacra para que cultiven otros. El folclore estaba mal visto, siempre sobresalía el criollismo, pero ahora las que cantan criollo quieren cantar huayno (risas).
Su ascendencia japonesa
¿Cómo fue su acercamiento con la comunidad nikkei?
A mi me llevó a la colonia el Sr. Luis Toyama en los años 70 para enseñar danzas a universitarios nikkei. Hacíamos las actividades en un auditorio del Jr. Puno, que era Perú Shimpo. ¡Yo no sabía bailar! así que aprendí con una profesora para poder enseñar. Recuerdo que todos se apuntaron para aprender danzas de la costa y nadie quería bailar huayno, pero al final se formaron cuatro parejas y luego, en un festival en el Cultural Peruano Japonés presentamos tres danzas. Era graciosísimo ver a todos los hombres nisei con lentes y con chullo. Son lindos recuerdos.
¿Y de sus viajes a Japón, qué recuerda, cómo la recibieron?
Cuando fui por primera vez me recibieron como a una candidata política; se habían dado cita muchos periodistas, de Osaka, de Tokio, Kumamoto, Fukuoka. "Será porque me he vestido de cusqueña", me dije. Pensé que se habían equivocado, me temblaban las piernas, pero me contaron que en los medios habían promocionado mi presentación. Fue una experiencia muy bonita, como un cuento de hadas.
Fui a Miyano, el pueblo de mi padre, donde mi abuelo había fundado un colegio y tenía allí su monumento. Decían "allí viene la hija del hijo mayor de Harada". Cuando entré, todos me aplaudieron. Vi la foto de mi abuelo y la piedra labrada donde estaba escrito en japonés lo que él hizo. Además, me habían preparado una sorpresa, habían ubicado a un primo hermano mío, me abracé de él... y allá no se abraza (risas) ¡se asustó! En su hombro me eché a llorar. Vino también la comisión del alcalde, me recibieron con aplausos y me parecía estar flotando de los nervios.
¿Qué expectativas tiene sobre la presentación de su libro en la comunidad nikkei?
Lo que espero es que conozcan este trabajo, que lo he hecho con mucho respeto. El que la gente lo lea y me escuche es para mí una gran satisfacción.
Fragmentos...
"Era un japonés y una yungaína... Antes de dejarme llevar por los ríos de la memoria, me he propuesto contar lo más fielmente que sea posible cómo se conocieron mis padres en la hacienda Trapiche, a finales de los años treinta. Ella, Juana Vásquez Bonilla, había nacido en Yungay, departamento de Ancash, Perú, y mi padre, Mitsujo (Nicanor) Harada Harada, en Miyano, Fukuoka, Japón".
"... llegué a cumplir mi gran sueño: viajé a la tierra de mi papá... Ese viaje fue muy especial y emocionante para mí. Recordé a mi papá y no pude contener las lágrimas; su deseo había sido llevarme a su tierra algún día y, treinta años después, llegaba allí solita, con mis recuerdos, mirando a todas partes, sin cansarme, como si esperara que, de pronto, él pudiera aparecer y quedarse a mi lado"
(Fuente: Boletín Kaikan octubre 2005)