Venancio Shinki, recuerdos de infancia

Escuchar a Venancio Shinki, reconocido pintor peruano, es una lección de vida,  un deleite, un verdadero aprendizaje. Nos recibió en su casa y compartió con nosotros –aún con la advertencia de su  mala memoria– algunas de sus vivencias y añoranzas.

Según sus papeles, Venancio Shinki Huamán nació en la hacienda San Nicolás, pero su madre, doña Filomena, le aseguró que fue en el valle de Pativilca, en la hacienda Las Vírgenes. Su padre, don Kitsuke Shinki, había llegado de Japón en 1915, trabajó un tiempo corto en San Nicolás y luego estableció sus propios negocios, un tambo y un restaurante en Llamachupán, en el valle de Pativilca.

"Yo era un niño muy pegado a mi padre, quien decidió que tenía que estudiar en el colegio japonés de la hacienda San Nicolás que dirigía el Sr. Tsukeo Isayama, un señor servicial e inteligente... Le debo mucho a él, ha intervenido en muchas etapas de mi vida... yo compartía carpeta con su hijo, con quien nos queríamos como hermanos.

Una de las cosas que recuerdo es que al inicio del año escolar llegó de Nihon un paquete de materiales de estudio, que para mí es el inicio de mi vida, de mi formación japonesa. Fue muy lindo porque en ese paquete me encuentro con un libro para hacer origami, paisajes con crayolas, nendo (una especie de arcilla) para hacer muñequitos. Para mí fue como una tabla salvadora porque no me importaba en absoluto si los chicos no querían jugar conmigo".

Con imágenes vívidas, don Venancio nos comenta que por aquella época, las 9 de la noche ya era medianoche en la provincia y todas las luces estaban apagadas. "Había sólo una casa que tenía el lamparín prendido. Era mi lamparín sobre la mesa del comedor. Era yo dibujando, hasta que escuchaba la voz de mi madre que decía: '¡Venancio, apaga la luz!'... me acuerdo mucho".

El pintor recuerda también la disciplina y corrección con la que fue educado. "Aprendí a ser un niño correcto, todos teníamos que ser luchadores, trabajadores, ésa era una norma que se nos metió a la cabeza... En el colegio además recuerdo al director escuchando la radio de onda corta y comunicándonos las noticias de Japón. '¡Nipon Banzai!', gritaba... Algunos de los alumnos viajaron a Japón enviados por sus padres y terminaron siendo soldados, y era un honor porque nos habían educado de esa manera".

Como la mayoría de los hijos de inmigrantes, don Venancio se quedó en el Perú. Eran los años previos a la Segunda Guerra Mundial, de las listas de deportados, de los saqueos, de tener que esconderse. 

"En el año 40 mi padre tuvo que escapar, no sabíamos dónde estaba, y después nos enteramos de que dormía en la casa de sus clientes y se alimentaba mal... Un día yo estaba saltando de una piedra a otra cuando veo una figura con un bastón largo, una caña. '¡Mi papá!'  Estaba muy enfermo. Ahora sé que era una bronconeumonía".

En ese entonces don Venancio sabía escribir en japonés, así que le envía una carta al Sr. Isayama solicitando su ayuda. "A los dos días aparecen dos camiones, y en uno de ellos pusieron a mi padre en un colchón, cubierto con frazadas... Hay una escena hermosa cuando comienzo a ver a los trabajadores, a las señoras diciendo '¡Adiós, señor Shinki, adiós!'... tremendo", nos cuenta con la voz entrecortada. "Ése fue mi padre. Por lo visto fue muy querido. Yo ya iba a cumplir 9 años y el Sr. Isayama nos llevó a la hacienda San Nicolás, a un caserón. A los pocos días mi padre falleció".

"Mi vida es trágica, tiene mucho de etapas dolorosas, y de cosas lindas también,  como es la vida...", nos dice mientras sorbe una taza de anís y juguetea con su gato.

Y continúa... "Mi madre heredaría de mi padre el ingenio y el aprender que para sobrevivir era mejor un negocio. Primero tenía un puesto donde vendía frutas y luego pone una chanchería y surte de manteca a establecimientos comerciales de Barranca y Pativilca. Allí se compromete nuevamente y nace mi hermana.

Pasa el tiempo y cuando yo tenía 14 años fallece mi mamá. Me voy a Huando, donde mi tío, pero estaba triste porque no estudiaba. Entonces escribo otra carta al Sr. Isayama y al poco tiempo él me trae a Lima donde había conseguido contactarse con el Sr. Umezaki, que tenía una cadena de tiendas fotográficas. Llegué a Lima casi a los 16 años, un mes de mayo. Ya había terminado la guerra y para mí empezaba una nueva vida".

"Yo siempre fui un niño solitario. Correteaba a las lagartijas y me iba junto al río. Veía a los árboles torcerse con el viento y escuchaba cómo crujía el tronco, como si estuviese hablando. Las ramas eran un coro y el tronco era la voz, y allí abajo el río Pativilca. Ésa era mi diversión en Llamachupán".

En permanente búsqueda
Llegado a Lima a los 16 años, empezó para Venancio Shinki la aventura del arte. Una pasión que lo ha llevado por distintos países y que le ha permitido interpretar, a su manera, la cotidianeidad, los sueños y todo aquello que lo conmueva.

Un buen día, el ya experto fotógrafo Venancio Shinki estaba viendo una revista y una imagen lo sorprendió por su perfección. Pero la foto no era tal; se trataba de un óleo. Entonces se dijo "Si alguien es capaz de pintar algo así como si fuera una fotografía, yo quiero aprender a hacerlo". El siguiente paso fue matricularse en la Escuela de Bellas Artes.

En aquella época se estudiaba 8 años y la Escuela pasaba por una época de oro por la calidad de los profesores. El inquieto Shinki, con su romanticismo a cuestas, sintió que la pintura era lo suyo y que se trataba de una carrera preciosa, con la que quizás no conseguiría trabajo muy pronto, pero que le daba toda la libertad del mundo.

"Yo entré a la Escuela pensando en ser un retratista, pero a los pocos años me di cuenta de que había tantas posibilidades en la línea y el color que dejé esa idea totalmente y comencé la aventura de la pintura, conociendo las tendencias de todo el mundo, principalmente de París, Nueva York e Italia, que eran la cuna del arte, teniendo además maestros como Juan Manuel Ugarte Eléspuru, que es el mejor profesor que he tenido".

Al egresar de Bellas Artes, en 1962, fue reconocido con el premio Sérvulo Gutiérrez de su promoción. La pintura de Shinki, para entonces, era ya de un expresionismo abstracto y con esta tendencia representó al Perú en la Bienal de Sao Paulo.

"Era el primer viaje de mi vida al extranjero. Yo era muy joven y estaba extasiado por conocer a los capos de la pintura, pero empecé a analizar lo que ellos hacían y lo que yo hacía. Lo mío no estaba mal, pero estábamos dentro del mismo camino, del expresionismo abstracto. Entonces me digo ¡qué tontería!, hay algo que falla, me preocupé muchísimo. A mi regreso, decidí que debía encontrar mi camino, así que viajo a Nueva York, capital de la plástica universal.

Allá me doy cuenta, casi como una revelación, que ese camino lo tenía que encontrar en mí mismo, en mi corazón, en mis vivencias. Regreso al Perú y me recluí en mi taller del centro de Lima y no salí por meses, trabajé y trabajé, hasta que comenzó a salir poco a poco. Sentía que Perú me dolía, como ahora mismo. Mi trabajo como dibujante en un periódico me acercó más a la gente. Ya Venancio Shinki no era el mismo. Era un hombre al que le dolía más lo que acontecía en el Perú y eso lo interpreto a mi manera".

"Siempre estoy tratando de buscar algo que me conmueva. Lo que me quema por dentro de alguna manera va a salir, no lo interpreto inmediatamente, sino dejo que se haga sangre, que se asimile y se plasme en mi pintura"

El pintor y sus influencias
La sensación onírica que se desprende al apreciar las pinturas de Shinki nos lleva a pensar en referencias que tienen que ver con sueños o fantasías. "Evidentemente es así, pero mis pinturas tienen un nacimiento concreto. Un dolor, una alegría, una esperanza, con toda seguridad", nos dice el pintor.

"Ahora la pintura ha cambiado, he viajado tanto, he trabajado en Italia algunos años, hice exposiciones, pero tratando de ser cada vez más auténtico y mantenerme fiel a mí mismo. Yo voy a morir siendo pintor. En este momento hay una corriente en las bienales (Sao Paulo, Venecia) donde hay proyecciones, instalaciones... No digo que estén mal, pero eso no tiene nada que ver con la pintura.

El pintor se nutre de todo. Queda como una vivencia. Lo que le acontece a uno de niño, de joven, cuando se enamora. Un libro, un poema, una película, la música, son alimentos del ser humano. Es un cúmulo de elementos que uno va asimilando, lo que más le conmueve de una u otra manera va a salir. Pero lo que he aprendido es que no debo forzar lo que soy como pintor. Yo soy de ascendencia japonesa, de madre peruana, nacido en Latinoamérica, pero no debo forzar absolutamente mi japonismo ni mi peruanidad. Que me salga espontáneamente todo. Esa actitud es la que trato de tener como pintor".

Y con la voz autorizada que representa, Shinki nos habla de los artistas plásticos nikkei, entre quienes destaca a Eduardo Tokeshi y a Aldo Shiroma. "Sus trabajos son muy interesantes, y siempre es estimulante ver a un nikkei destacando con propuestas personales", nos dice.

Viaje a Japón
Gracias a las gestiones del arqueólogo japonés Yoshio Onuki, y en el marco del centenario de la inmigración japonesa al Perú, en 1999 Venancio Shinki viajó por primera vez a Japón para asistir a una muestra de artistas nikkei en Hiroshima y en el Museo del Hombre de Inuyama, donde también participaron el pintor Eduardo Tokeshi y el escultor Carlos Runcie Tanaka.

Ese viaje le permitió además conocer a familiares en Hiroshima, una sorpresa que le prepararon, y de la que sus gestos y palabras hablan de su profunda emoción. Como la que sintió al tocar la campana al final del Paseo del Holocausto, rememorando a su padre y sintiendo que era una manera de desear paz y concordia.

Una experiencia que se suma a las tantas de su larga carrera que continúa con el mismo afán de búsqueda. "Ser pintor es ser terco, un poco loco, un poco irresponsable, pero vale la pena. Es una pasión, sin duda alguna", sentencia Shinki.

(Fuente: tomado del Boletín Kaikan Nº 1 y Nº2, julio - agosto 2005, Asociación Peruano Japonesa. Entrevista de Harumi Nako)