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Oswaldo Higuchi: el exorcista de la muerte
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Oswaldo Higuchi: el exorcista de la muerte
A propósito de su nueva muestra individual, "Inmigrantes", que presenta en el Centro Cultural Peruano Japonés, conversamos con Oswaldo Higuchi, un artista en permanente búsqueda...
Oswaldo Higuchi conoce el mundo de la manera más dolorosa: el arte. Son sus pinturas las que reflejan una realidad herida, sufriente y agonizante. El color y los trazos de su obra describen una constante oscuridad de caos irresoluto, pero también de una peregrinación hacia la luz.
El primer acercamiento
Nieto de japoneses, sus padres pertenecieron a los primeros descendientes de orientales que llegaron al Perú el siglo pasado. Nació en Lima el 5 de agosto de 1948, pero su niñez la pasó en Jauja.
“Recuerdo el color, era un lugar muy colorido y con costumbres y tradiciones”. Fueron esos colores los que, sin duda, maravillaron al pequeño Oswaldo y lo impulsaron a empezar a pintar.
Llegó a Lima aún pequeño y sus padres lo inscribieron en el colegio Guadalupe donde se hizo conocido por su participación reiterada en el periódico mural. Fue ahí donde hizo su primer grupo de amigos. Algunos, incluso, aún lo visitan.
“Tengo una pasión por la amistad. Es muy hermosa y es fundamental en el ser humano. A nadie le es fácil amar y la amistad es una relación mutua. No es fácil, pero es una constante búsqueda”, reflexiona el pintor.
Oswaldo Higuchi dibujaba en el colegio cada vez que podía y arrancaba excelentes comentarios de sus maestros. Uno de ellos, Ismael Amador, vio que Higuchi tenía las condiciones necesarias para convertirse en pintor. “Era un hombre muy culto, un día yo trabajé un tema de ‘Pedro y el lobo’ y le gustó mucho, así que me recomendó que vaya a la Escuela de Bellas Artes a conocer”.
La curiosidad fue mucha y luego de las clases fue a la escuela. Tal vez nervioso pero a la vez fascinado recorrió las salas y aulas, y se dio cuenta que ése era el siguiente paso que debía de dar si quería convertirse en artista.
El habitat
El taller de Higuchi parece un santuario artístico. Es imposible dar pasos sin encontrarse con una obra de arte. Colores, formas y líneas pueblan los vacíos como si fuera su territorio, como si se hubieran ganado el lugar que ocupan.
En el primer piso funciona una suerte de galería y tienda de útiles para dibujar y pintar. En el segundo piso, varios metros al fondo, está el lugar donde Higuchi trabaja. Un lienzo aparatosamente grande y blanco como la nieve sirve de horizonte artificial.
A un lado descansan algunas plantas que hacen de silenciosas amigas durante el trabajo creativo. En una mesa rectangular los pinceles abundan y parecen coquetearle al pintor para que los use.
Si bien largos años ha dedicado Oswaldo Higuchi a la pintura, recientemente han aparecido sus primeros cerámicos. Ensayos de una nueva técnica que el artista explora sin miedo pero con la misma curiosidad que lo llevó a pintar.
Hay un contraste. Un contraste fuerte. Ruidos mundanos y egoístas de la gran Lima invaden constantemente el taller de Higuchi. Estar ubicado frente a la Vía Expresa no le garantiza tranquilidad ni paz al pintor.
“No es que me haya acostumbrado al ruido, ni que me aísle. Pero como dice Gabriel García Márquez: hay que tratar de desechar. Y yo trato de desechar el ruido a través de la magia de la música. Me gusta trabajar escuchando música clásica o japonesa. También me gusta la música folclórica”, explica.
Viajar
Higuchi es muy astuto. Lo demuestra cuando pinta y cuando habla. Sabe, conoce y aplica. Muestra de ello es que ha sabido darle vuelta a sus necesidades para convertirlas en ventajas. Como en aquel viaje que hizo a los 21 años a Estados Unidos en el que se hizo pasar por sordomudo debido a que no sabía hablar inglés.
“En ese viaje aprendí que la comunicación no es solo a través de la palabra. Comprendí que había otra forma de comunicarse, a través de las señas. Haciéndome pasar por sordomudo ellos trataban de entenderme a mí en vez de yo a ellos. Y me sentí cómodo, a veces uno saca algo de una forma de sobrevivencia”.
Aquel viaje fue en 1969, en pleno auge del movimiento hippie. Eso le permitió a Higuchi conocer de cerca aquella época e ideología del “Peace and Love”. Aunque, también pudo conocer de la confusión y caos que reinaba en el mundo dado por las guerras. Eso lo plasmó en su pintura, como una reiteración del dolor pero con una mirada puesta en el horizonte de paz.
Los viajes han sido fuente inacabable de aprendizaje para Higuchi, no sólo tiene los antecedentes inmigratorios de sus abuelos. También los de sus padres que se mudaron constantemente cuando era niño. Y ya de grande ha podido viajar gracias a su talento a distintos países del mundo.
Se dice que viajar es la forma más fácil de aprender, pero cuando se habla de migración el tono cambia. Pues se trata de un aprendizaje forzado y muchas veces desde cero. En eso Higuchi tiene varias ideas.
“Todos somos inmigrantes, aunque vivir físicamente en un marco establecido con lo estacionado que esto implica nos haga pensar que no, creo que siempre llegará el momento en que lo seamos; esta es la premisa y la respuesta que hoy tengo para todos los que emprendieron la búsqueda por saber qué somos y a dónde vamos. Ser inmigrante es ser libre, es ver nuevos horizontes, es moverse como el viento, es entrar al remolino de la vida, es afrontar lo desconocido y establecer un nuevo rumbo…es estar vivo”, sentencia Higuchi.
El legado
En 1989, en la página cultural del diario El Comercio apareció la siguiente crítica: “En los dibujos de Higuchi el mundo tiende a resolverse en un grafismo…es un dibujante de excepción… cada uno de los hombres dibujados…es cada vez todos los hombres… La pretensión de Higuchi es imposible, pero es, al fin, la pretensión del arte verdadero”.
El cronista y escritor Eloy Jáuregui escribió alguna vez sobre cómo era hablar con Oswaldo Higuchi: “No es un dialogo cifrado, es un espacio del conocimiento que tatuamos a palabras, aquel silencio de estruendos, ese pensar de quererse, la parsimonia contra la muerte, el parco rictus de defenderse”.
Y sobre su obra advierte: “Pero cuántos Perú hay en las texturas de Higuchi. Tantos como los legados de una melancolía son compasión en sus pinceles. Son los fastos de sus encuentros con los personajes y sus trampas de un país que le dio un color y lo tatuó en una técnica de destellos pariendo oscuros”, agrega Jáuregui.
Pocos pintores pueden arrancar tanta pasión en los comentarios de los críticos. A Higuchi no parece gustarle las medias tintas. Parece que le gusta mirar la tormenta de cerca y mejor si pasa cerca de él algún relámpago. Sus pinturas son así: descarnadas, directas y críticas.
El escritor Felix Álvarez nombró a Higuchi como el ‘Exorcista de la muerte’, un ser que navega lento pero seguro en busca de muertos. “Él me decía que era como la barca de Caronte, que va recogiendo cadáveres y yo recojo el dolor, el miedo, la tristeza, las causas y las plasmo en pintura. No es que vaya como la muerte, sino que creo que hay mucho que recoger para salvar y para decir”, explica.
Pero, entonces, si Higuchi habla de muerte y de dolor, es inevitable que también hable de vida y esperanza. Su arte no es unidireccional, sino todo lo contrario. Engloba formas y colores que buscan dar el giro completo a un mundo desbalanceado, para poder encontrar el equilibrio.
“En mi obra hay mucho dolor, pasión, felicidad, alegría, tristeza. Todo eso sumado a lo que hace tanto daño como la corrupción o el caos. Y es natural, porque como artista busco crear un equilibrio en mis obras”.
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Oswaldo Higuchi es un artista que combina la racionalidad y la emoción como pocos. Sus mundos son reflexivos y emotivos a la vez. Tal vez ese sea su secreto, combinar disonantes aspectos de la vida y mostrarlos a través de sus lienzos.
“Nuestro mundo se llena de dolores, pero a veces el artista ya no puede cubrir eso, sino todo lo contrario, se ve en el afán de mostrarlo. Hay un sin fin de cosas que ha pasado y pasan en el quehacer cotidiano. Eso hace que uno pueda entender y plasmar lo que pasa en el mundo valiéndose de la pintura”.
Higuchi tiene el rostro de una persona que ha conocido mucho, que ha vivido mucho y que ha dicho mucho. Su nombre poderoso, como escribió sobre él alguna vez el poeta Jorge Pimentel, ya no solo habla del hombre. Ahora su nombre se ha convertido en sensaciones e ideas, signo ineludible de su grandeza artística.
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