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Fondo Editorial
08/03/2021

Día Internacional de la Mujer: Leamos sus historias, escuchemos sus voces

Extracto de "Crónicas de mujeres nikkei", de Doris Moromisato.

Celebramos el Día Internacional de la Mujer compartiendo un entrañable extracto del libro Crónicas de mujeres nikkei, de Doris Moromisato, que nos recuerda el valioso aporte de las mujeres a la inmigración japonesa y a la consolidación de la comunidad nikkei.

Utoo Miyasato:

La campesina de Akamichi

La pequeña Utoo creía que, si silbaba después de la muerte del sol, la mala suerte le caería desde el cielo como un rayo. Por eso, mientras barría el patio, apuraba la canción que en sus labios brotaba cual silbo de viento. ¡Qué necia!, se decía a sí misma. ¿Qué podría sucederle a sus apenas 14 años? Terminó de pensar y sacudió la escoba, lista para encender el fogón y ayudar a su madre a preparar la cena. A pesar de la cábala, Utoo no sospechó que la mala suerte de todas maneras la atraparía.

Esa temporada, su padre cayó como fulminado por ese mismo y fatídico rayo: su corazón bohemio y bonachón se detuvo para siempre. La aldea perdía así a su simpático cartero que solía leerles las cartas, casi todas llegadas de ultramar, en voz alta y siempre alrededor de interminables tazas de té.

Utoo tampoco sospecharía que pronto sería arrancada de la aldea por un hombre mucho mayor para llevársela muy lejos, donde el tiempo se estanca en la sal y el mundo se transforma; que la alejaría de los suyos y del amor que no pudo elegir por ser mujer nacida en tierras patriarcales y a principios del siglo XX.

Como una caña quebrada, su mundo se trastocó. Crack. Nunca más volvería a cosechar el arroz a medianoche, hundiendo los pies en el fragante barro, refrescante escudo que la protegía del calor que asolaba la isla. Nunca más podría soñar con hacerse vieja mirando la fiesta de la cosecha, al lado de su madre a quien no volvería a ver jamás.

Ella no quería salir más allá de las colinas de su pueblo, ¿para qué si la felicidad habitaba entre sus cuatro horizontes? Sin embargo, el mundo se encargó de encontrarla.

En Latinoamérica, conoció el panetón italiano, los saltados chinos, el mote serrano, las faldas americanas, los barcos británicos, el café etíope. Todo convergía en estas tierras bañadas por un mar que también lamía las costas de Okinawa, mas ella nunca comprendió por qué, si era el mismo mar aquí, siempre era menos azul, menos cálido, menos suyo.

Apenas arribó a Perú, asumió la tarea destinada a las mujeres inmigrantes: poblar la nueva tierra, conservar en su prole las tradiciones ancestrales e impedir la contaminación con la cultura nativa porque pronto, ‘muy pronto’ —repetían— retornarían intactos al país de sus raíces. Esposa, pero, sobre todo, madre. Nueve, diez, once hijos, hasta que los afligidos ovarios se secaran como una rama, hasta que reventara la paciencia. Misión de heroína, guardiana del templo, casi santa. Trabajando en las haciendas de sol a sol, durmiendo sobre colchones mugrientos, cocinando y lavando, cada día multiplicando el pan como un milagro.

En la ciudad, atendía la bodega día y noche; lidiando con la decadencia de los ebrios, autoridades corruptas; aguantando burlas y la curiosidad morbosa por su piel amarilla como los ocasos, sus ojos almendrados como los ojales, su dulcemente pequeña estatura, su idioma que rememoraba cascadas y aguaceros de la aldea que, como una piedrita en el zapato, la acompañaba siempre.

Más allá de la historia de mi madre —narrada desde los confines de mi corazón—, están las de todas las inmigrantes japonesas que, sin consultárseles, llegaron a estas tierras a construir una comunidad. Valgan verdades, si hoy existe esta comunidad nikkei es gracias a sus mujeres y, sobre todo, a quienes asumieron la tarea de la maternidad.

Errado aún está quien cree que fueron sus líderes y las instituciones quienes mantuvieron viva la cultura japonesa en estas tierras. Más poderosos que los discursos de los dirigentes son las tempura y los okashi sobre las mesas. Ofrecer incienso a los antepasados y rememorar los íntimos sentimientos de los inmigrantes es mayor garantía que todas las estrategias políticas aplicadas desde arriba. La cultura se construye desde la cotidianeidad.

Crónicas de mujeres nikkei (segunda edición 2020), Doris Moromisato.

Utoo Miyasato, campesina de Akamachi, con su última hija Doris Midori.

Archivo: Familia Moromisato

Crónicas de mujeres nikkei, de Doris Moromisato.